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Disociación

  • Foto del escritor: Carolina Blazquez
    Carolina Blazquez
  • 23 mar 2022
  • 7 Min. de lectura

Actualizado: 14 jul 2022

Estás cansada, empiezas a subir las escaleras, confusión es lo que sientes por lo que acaba de suceder; conforme subes las escaleras las lágrimas comienzan a descender por tus ojos y no tienes control sobre ello, entras a tu habitación; los recuerdos empiezan a inundar tu mente, gritas, cada vez lloras más fuerte; rompes todo, tiras libros, cuadernos o cualquier cosa que esté a tu alcance. Tus emociones se aproximaban a toda velocidad, hasta que acabaste en el piso desesperanzada, pues tu vida apenas comenzaba, habías conseguido un buen empleo con veintidós años y recién egresada de la universidad, te mudaste de casa de tus padres, sabías cuáles eran tus objetivos, pero nunca te detuviste a pensar en ese mínimo margen de error.

Sabías tu condición, la ignoraste por… ¿vanidad?, ¿orgullo?, ¿debilidad? Decidiste irte a dormir, ya no tenías motivos para seguir despierta, así que adiós luces; comenzaste a divagar en tus pensamientos, pensabas en el famoso “hubiera”, aunque estabas consciente de que nada de eso puede pasar, pero en eso apareciste en tu antiguo hogar, de un momento a otro tenías dieciséis otra vez, recorriste cada espacio, cada borde, todo el perímetro de aquella casa gigante con cientos de ventanales y situada en lo más alto de una montaña. Todo estaba tal y como lo recordabas, excepto un espejo; tenía un aspecto bastante peculiar, no era cuadrado o redondo, pero tampoco ovalado o triangular, podría ser de cualquier forma. Lo miraste por varios segundos hasta que decidiste acercarte, cuando lo tocaste seguías siendo tú, aunque la consecuencia fue que reviviste tu oscuro pasado y ella estaba ahí otra vez; intentaste romper el espejo y ni un rasguño adquirió, solo seguías viéndola y sintiéndote sumisa ante su presencia. Por fin pronunciaste temerosa.

— ¿Por qué sigues persiguiéndome?

—Yo no hago nada, tú eres la que hace todo esto. — Ella contestó de manera serena.

—¡MENTIRA! — Comienzas a gritar. — Tú eres la que me acecha y manipula, no me dejas continuar con mi vida.

—Nuestra vida. — Ella te corrige. — Además no estaría tan segura de que yo soy la que manipula, al final yo soy tú, aunque una versión un poco más interesante, yo soy generada por tu mente, tú me diste lo que soy.

—No, no, no. Apareciste cuando tenía ocho años, yo no te traje a mí vida, lo único que he querido es que desaparezcas de una vez por todas. Solo has traído caos y miseria.

—Al final solo soy una imitación de ti, no tengo pensamientos propios, son tuyos y de nadie más, porque hasta en la voz somos lo mismo. Porque, ¿quién decidió no mencionarle a mami y papi que su preciosa hija comenzó a escuchar voces o ver un reflejo de ella misma?

—Tú me obligaste a quedarme callada. — La desesperación, el miedo y un vacío desgarrador provocan que las lágrimas escurran rápidamente por tu ojos; estás frustrada y tienes impotencia al no saber qué está pasando. — Cada que estaba apunto de contarlo, aparecías y comenzabas a espetar que me dejarían de querer, que no era tan fuerte como para hacer que desaparecieras, que solo te tenía a ti, que mis padres nunca me quisieron y que iba a terminar abandonada.

—Te lo repito una vez más, yo proclamo tus ideas, todo aquello que tú piensas, no tengo mente propia, es la tuya. — Ella dijo en voz baja la última parte.

—Basta de decir que soy yo, no es cierto. — Mueves la cabeza demostrando una negativa, rehusándote a creer lo que ella dice. — No puede ser verdad, esto es solamente un sueño; mientes, es lo único que sabes hacer.

—Yo no estaría tan segura que es un sueño, esto parece bastante real. Aunque ahora que lo pienso, puede que sí lo sea, ¿o puede que no?

Te limitas a hacer alguna contestación, prefieres ver a tu alrededor e intentar calmarte, pues para ti no hay sentido en que te diga que lo que está pasando existe, además estás lo bastante confundida y podrías llegar a creer cualquier cosa. Empiezas a adquirir consciencia nuevamente, te despiertas de un momento a otro teniendo el anhelo de que ella en la realidad ya se hubiera apartado; abriste los ojos para después prender la luz; sin embargo otra vez estabas tan equivocada. Hablaste frustrada.

—Sigues aquí.

—Nunca me he ido.

Entre tus pobres deseos de ser feliz, recordaste aquello en donde inició esta tragedia llamada tu vida. Antes de que tuvieras ocho, jugabas con muñecas, reías, bailabas, tenías una familia unida, unos padres que te escuchaban y te querían más que a ellos mismos. Eras una niña y solo podías ver aquello que tus padres querían que vieras, no sabías que ellos en realidad pensaban que eras incapaz de hacer algo por ti misma o que no eras lo suficientemente inteligente para ser alguien de renombre como ellos. Te enteraste de esto a los dieciséis, unos años después de aquella trágica muerte de tu querida tía Olivia; a tus ocho años experimentaste un trauma, el cual ocasionó que te apartaras de tu realidad.

Tu tía te sostenía de la mano, jugaban en aquel precioso jardín, te soltaste de ella y corrías colina abajo, ella en su intento por alcanzarte tropezó, al caer comenzó a rodar y se detuvo cuando aquella piedra y su cabeza chocaron para finalizar con su vida. Fue un accidente bastante catastrófico, pero la piedra estaba perfectamente ubicada para ser solo una casualidad. Te quedaste sentada por horas, callada; no corriste o gritaste, simplemente el silencio permanecía. Tus pensamientos ahora tenían voz, estabas desconcertada debido a que no sabías el origen de esta; cesó por algunos segundos hasta que otra vez resonó en tus oídos, y luego otra, y otra, y otra, así que te decidiste a darle un aspecto, el cual no había uno mejor que el tuyo. Tus padres te llamaron para que regresaras a casa, pensaban que estabas sola, no tenían conocimiento de que tuvieras compañía, por ende no mencionaste nada acerca de la muerte de tu tía; pasaron los días y fue cuando un empleado informó a tus padres de lo sucedido. A ti no te afectó en lo más mínimo pues tu compañera muerta ya había sido reemplazada por Sara, nombre que decidiste ponerle ya que para ti todo tenía que tener uno.

Al principio era bastante divertido tener a alguien con quien platicar y que te entendiera a la perfección. Pasó el tiempo y evidentemente creciste, al igual que ella seguía estando ahí, a tu lado; te aconsejaba, aunque también te decía qué hacer. No obstante, llegó un punto en el que estaba presente en cada aspecto de tu vida, ya no tenías control sobre decidir cuando Sara está presente y los momentos en los que no, ahora ella tenía el poder.

Nada era como antes, aunque un día por fin tras tantos años ella ya no estaba, se había ido. Estabas próxima a iniciar una nueva etapa, conocer otras personas, entrar a la universidad; parecía ser tu principio… sin su nuevo comienzo; dentro de lo que cabe eras feliz, incluso pudiste hacer una nueva amiga, Julieta era su nombre. La amistad entre ambas era bastante estrecha, todo iba bien aunque tenías el sentimiento de que Sara te hacía falta, de vez en cuando te preguntabas el porqué dejó de aparecer.

A pesar de eso, otra parte de ti se sentía aliviada, lo que te permitió seguir adelante con tus estudios y tu futuro, las cosas para ti marchaban bien, poco a poco fuiste encontrando tu camino y consiguiendo aquello que querías; terminaste la universidad, habías empezado a buscar trabajo, mandaste solicitudes, solo estabas a la espera de una respuesta, además con los ahorros que generaste a lo largo de tu carrera ahora podías mudarte y tener un espacio para ti, era cuestión de que cambiaras tus cosas de un lugar a otro. Las relaciones interpersonales no habían sido tu fuerte, más que la tuya con Julieta, pues durante tantos años había perdurado.

Comenzaste con tu empleo a las pocas semanas de graduarte y tu casa ya estaba lista con todo y tus pertenencias acomodadas, disfrutabas caminar por aquel parque que te recordaba al jardín de tu antiguo hogar, en cambio dejó de gustarte en el instante que una vez más presenciaste el asesinato de alguien, observaste detenidamente a aquellos tres sujetos que iban armados, uno de ellos apuntó con el arma a la persona que tenía enfrente y no dudó en tirar del gatillo, en esta ocasión te fuiste del lugar sin pensarlo, pero minutos más tarde actuabas como si nada hubiera sucedido, con la diferencia de que Sara se encontaraba en tu vida una vez más. Estabas consciente que era tiempo de hablar con alguien, que no estabas bien, querías ayuda.

La voz de Sara la escuchabas cada vez más fuerte, intentaste ignorarla pero fue inútil, no le contestabas porque sabías lo que implicaba tener una conversación con ella, trataste y trataste, sin embargo ya estabas platicando con ella.

— Necesito contarle. — Mencionaste preocupada

— Claro que no, si lo haces nada más empeorarás las cosas.

— No puedes evitar que lo haga.

— Deja de retarme, las consecuencias pueden ser peor de lo que imaginas.

— He dicho que le voy a contar, tus amenazas no me dan miedo.

— Ya lo veremos cuando sean hechos.

Te limitaste a contestar, llamaste a Julieta para decirle que querías hablar acerca de algunas cosas de tu pasado y lo que habías experimentado por algunos traumas, ella aceptó de inmediato; quedaron que pasabas por ella a su trabajo e irían a su casa después para que pudieran platicar. Julieta se sube a tu coche y al mismo tiempo regresa Sara, te asustas y tratas de mantener la calma y comienzas a conducir. Julieta te pregunta.

— ¿Estás bien? Pareces demasiado nerviosa.

— Sí, sí; cuando lleguemos a tu casa sabrás lo que sucede. — Intentas no perder el control.

— Vaya y decías que la mentirosa soy yo, por supuesto que no estás bien, pero aquí vas nuevamente con otro intento de decir que sucede. — Sara te dice.

— ¡CÁLLATE! — Gritas.

— ¿A quién le hablas? No he dicho otra cosa. Deberías detener el auto, no luces bien para manejar.

— No le hagas caso, no sabe lo que dice. Es más, ve más rápido. — Comienzas a acelerar, no lo piensas solo lo haces.

— Amelia detente por favor, hazme caso. — Articula tu única amiga con un tono de desesperación.

— Estrella el coche no te pasará nada, la adrenalina es buena y no le hace daño a nadie. — Como si no tuvieras control sobre tus acciones haces lo que ella te ordena.

Hay demasiado humo a causa del choque, volteas a ver a Julieta que está inconsciente y con varias heridas, abandonas el vehículo para buscar la manera de llegar a casa.

Estando ahí, antes de quedarte dormida mientras divagabas en tus pensamientos, sabías que con lo sucedido no ibas a acabar con tu vida, a pesar de todo te gustaba estar viva, pues tanto Sara como tú disfrutaban las maldades que hacían, victimizarte era parte de todo, nunca lloraste por dolor o por sentirte responsable, internamente era la satisfacción de culpar a otros y no ser descubiertas. Hasta el momento nadie se había dado cuenta de en realidad quién eres, ya que la víctima es quien tiene la desgracia de tenerte a su lado.


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