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Salsa verde

  • Foto del escritor: Matilda Tobón
    Matilda Tobón
  • 7 feb 2022
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 14 jul 2022

Cuando la abuela cocinaba, la casa se llenaba de un aire colorido, lleno de vida; los olores se entremezclaban y los sentidos despertaban. A la abuela le daba por cocinar caldos en la época cuando el sol quemaba la piel y el aire era tan caliente que parecía salir desde el centro de la tierra y escapar a través del suelo. Cada vez que regresaba de la escuela en aquellos días calurosos, me disgustaba saber que, al llegar a casa me encontraría con un enorme plato de caldo; sin embargo, era inevitable amar cada olor que salía de la cocina de mi abuela, como el de las tortillas en el comal, el pollo hirviendo junto con las misteriosas especias que le proporcionaban sabores únicos a los caldos de la abuela, las cebollas que crujían en el sartén y los frijoles recién hechos.


Lo primero que me enseñó a preparar la abuela fue su clásica salsa verde, una salsa espesa y de color verde intenso como el de la bandera. Ella solía decir:


-Si sabe a México, está en su punto-


Y la primera vez que la preparé, me quedó una salsa líquida y de color verde menta. Yo estaba muy decepcionada de mi creación, no podía creer que algo tan sencillo hubiera terminado en esa abominación culinaria. Cuando mi abuela la vio, soltó una enorme carcajada y dijo:


-¡Ay mija!, parece crema de chayote-


Ella tomó mi crema de chayote, la regresó a la licuadora y me explicó:


-Lo que sucede es que, pensaste que con poquitos tomates era suficiente. Hija, a veces hay que ser como los tomates en la salsa, no te conformes con poquito. Además, se te olvidó el cilantro-


Ambas reímos.


Ella agregó el cilantro olvidado y más tomates asados, añadió un poco más de agua, sal y lo licuó; y como si de magia se tratase, cuando la abuela sirvió la salsa, era de color verde, verde intenso.


Había pasado una semana después de la abrupta partida de la abuela, una semana sin el olor picante, agudo y penetrante de sus chiles poblanos, una semana sin los caldos veraniegos y las salsas, una semana sin el olor de la abuela.


Después de aquella tormentosa semana la familia se había vuelto loca, pero no por la pérdida, sino por la falta de comida colorida y variada. Ahí fue cuando noté que mi abuela no cocinaba para ella, cocinaba para los demás. Noté que la abuela en realidad había aprendido el arte del sazón no por gusto, como lo había creído siempre, sino por deber. Fue cuando recordé la forma en la que se angustiaba por terminar la comida antes de que el reloj marcara las cuatro de la tarde, pues de ser así sus hijos y mi abuelo se enojarían. Recordé lo estresante que le resultaba picar espinacas, pues decía que estaba perdiendo tiempo. Entonces supe, que para los hombres de la casa el valor de mi abuela se encontraba en la comida que hacía para ellos.


Por eso, hoy cocino como un acto de emancipación, cocino pensando en los olores y sabores que me gustan, por eso mis recetas son picantes y saladas, porque los sabores fuertes son los que llenan los agujeros de mi alma. Cocino pensando en las mujeres que como mi abuela, han creado exquisitos platillos que tocan hasta la última fibra del corazón, pero no por querer.


Y cuando me preguntan por el agudo picor de mi salsa verde, les paso la vieja receta de la abuela, pero les advierto que para evitar decepciones, se debe cocinar pensando en cómo nos gusta a nosotras.


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